A veces, me entra morriña, esa palabra que dicen que se inventó para los gallegos sentimentales que echaban de menos su tierra. Creo, totalmente convencido, que fuimos nosotros, los de La Virgen en el exilio, los que realmente la sufrimos y exportamos. Por eso me entra, solo a veces, pero me entra, insisto, melancolía de lo que fuimos, de lo que quisimos ser, sobre todo a mediados de septiembre.

Cuando hablan de los estereotipos de otros, yo me veo reflejado en todos ellos. Soy de La Virgen, como muchos otros, porque escogí ser de aquí. Podía haber sido de otro lugar, pero me eligieron en La Virgen. A otros les cuesta mostrar ese sentido de pertenencia, a mí no aunque esté a esos ocho mil kilómetros que separa esa geografía que comienza a asomarse en cuanto miramos la capital, desde la entrada de Muebles Cañas, o el Páramo que comienza a saludarnos desde las bodegas. En fin, ese ADN que nos sostiene a los que somos de pueblo y del pueblo, de cuando La Virgen no tenía edificios, ni recursos, ni servicios… pero sí militares, curas y aburrimiento al peso.

Y ahora que llegan las fiestas, peor. Viví la últimas ya hace mucho. El calendario me indica que fueron las que despidieron  el siglo XX, en septiembre de 2000, cuando se comenzaba a aproximar la pequeña ciudad en la que se ha convertido ese pueblo que sigue siendo pueblo para los que lo sentimos. Y saco brillo al retrovisor de la memoria para encontrar ese aposento en la infancia, cuando el tiempo no pasaba y especulaba con el inicio de curso que, junto a las bofetadas de aquellos rancios Agustinos, se asociaba a las fiestas. También al ruido de los cohetes y petardos, y a las charangas, y a las sopas de ajo, y a las orquestas de medio pelo en aquel templete de madera, detrás del Salón Parroquial, y a los jóvenes y no tan jóvenes ebrios de amanecer en amanecer. Porque no había vaquillas –eso llegó más tarde-, ni tampoco muchas más actividades. Era en Las Eras donde la vida festiva comenzaba y terminaba. No se apreciaba, en aquel horizonte tan ajustado, que años más tarde iba a emerger un parque allí, casi de la nada. Eran los años de aquel aceite de colza y de las fiebres tifoideas. Del aceite recuerdo a algunos padres –los míos, por supuesto-, que nos metían en los calcetines bolas de alcanfor como remedio. Mitología urbana con escasa consistencia científica. Cuando el miedo aparece… pero las tifoideas las tuve más cerca. Mi hermano Javi quiso asumirlas y pasó un verano en el limbo de San Juan de Dios, aquel año de las olimpiadas de Los Ángeles, en el 84. A cambio, recibió un premio porque la resaca de la enfermedad le impidió poder participar en actividades y juegos para niños. “¡Vaya jeta!”, decíamos algunos alejados del dolor sufrido. Cosas de críos y no tan críos –también Yoli, que luego tuvo aquella tienda de frutos secos en La Plaza, las sufrió-.

Volvamos a las fiestas, que no me quiero alejar. Para muchos, más de treinta años atrás, eran sinónimo de orquestas de cuarta categoría y cohetes. Acercarse al templete a escuchar a aquellas aprendices de Vicky Larraz en Olé Olé o a Mecano y acabar en círculo enloqueciendo las parejas con Los Pajaritos de María Jesús. No se avergüencen, en aquellos años era un fenómeno de masas. Los benjamines nos escondíamos debajo del armatoste de madera que hacía de escenario para ver cambiarse a las cantantes y lanzar cohetes en su intimidad de ropa interior. No recibías medalla al mérito hasta que mentaban a tus padres. Medallas infantiles, nos decíamos. Hasta que llegó Suavecito Orquesta. Con ellos ascendimos de categoría. Nunca se había visto semejante grupo por el pueblo. Pasamos a jugar la champions de los pobres y ya no peleamos nunca más por la permanencia. Comenzamos a mirar para arriba y se olvidó el miedo. Nos crecimos, en definitiva.

Hasta entonces se recuerdan (y recuerdo) historias que viví. Como Emiliano, el marido de Adriana, un tipo menudo pero con un carácter fortísimo, “El Víbora”, le llamaban. Aprovechaba para subir al escenario, entre el descanso de los artistas, para proferir gritos. “¡Viva la República! ¡Abajo la dictadura!”. Estaba tierna aún la historia sufrida y la gente apuraba su respuesta entre el miedo y la sonrisa. Ahora, suena anécdota, pero entonces, entre curas que se acercaban –Eustoquio era un habitual de la verbena-, y los de Benemérita, sonaba a reto.

Luego aparecía Marga, hermana de Toño, el del Scotland, para anunciar las sopas de ajo. Marga siempre fue una institución para mi quinta por lo que representó. Una mujer con personalidad. Nos exponía en partidos de fútbol en pueblos del entorno, nos metía en su coche –hasta siete u ocho más ella conduciendo- de pueblo en pueblo, con aquellas camisetas blancas con la publicidad de La Ardilla Roja donde a veces nos paseábamos y otras veces nos paseaban. En fin, Marga y su organización de juegos en las fiestas; la carrera de rosca, la de sacos, la de bicis… anticipando aquellos, en el medio de La Era, donde eran los mayores nuestros ídolos. Verles subir “la cucaña” o coger el gocho engrasado suponía un ejercicio de elevación a la categoría de ídolos a aquellos jóvenes a los que nada les arredraba.

Pero el ejercicio ante el cual rendíamos pleitesía era “el maratón del vicio”. Ahora sería imposible, pero entonces conjugaba, a partes iguales, locura y valentía, aunque en este caso ambas iban de la mano; había que ser valiente para cometer esa locura. Era una carrera por La Era, con muchas pruebas y cada cual más salvaje. Beber cubatas, chupitos de orujo, fumarse un puro a la vez que se corría de prueba en prueba… la inconsciencia al poder. Iban cayendo los participantes, de uno en uno, ante el desmadre generalizado, en un ejercicio de apología de la inmadurez y la inconsciencia.

Cuando crecimos desaparecieron aquellas pruebas que se han convertido ahora, con los años, casi en fábulas para los más jóvenes. Aparecieron las vaquillas en la era cerrada de los padres de Jacinto, con aquellas gradas supletorias que, en la oscuridad de la madrugada, se convertían en reductos donde los jóvenes se prometían amor. Y se hizo un parque, y el ambiente de verbena mudó a los bares, y apareció junto al depósito un recinto más acorde… que nos hizo crecer perdiendo la esencia del baile en tierra y verde, esa tierra que la comisión regaba con una manguera antes de las sardinas y las sopas de ajo, a 125 pesetas la ración, que te permitían llevarte el recipiente de barro de recuerdo.

De lejos, veo el programa con envidia y nostalgia. Me siento parte de allí pero apenas me alcanza la historia a recordarme corriendo tras las varas de los cohetes que anunciaban cuando la orquesta volvía y debíamos recorrer a oscuras el tramo que había desde el Montreal al Templete, cien metros que separaban, de niños, el tedio de la fiesta.