Yo me imaginaba corriendo la banda, yéndome de rivales por calidad, rompiendo caderas y erigiéndome, gallardo, entre los rivales, para dar la victoria a mi equipo del pueblo, del único pueblo válido cuando debo rascar en lo emocional, La Virgen del Camino. (Vamos ganando 1-0, con gol de Igor, el que se asemeja a Yuri).

Pero claro, soñaba. Los de La Virgen siempre hemos sido muy realistas, con poca mesura. O somos los mejores, o nos aproximamos, pero nunca perdemos. Pero la realidad necesitó poco para darme una bofetada ante la inutilidad de mis prestaciones: siempre fui malo a dolor. Malo como pocos, un tuercebotas con más ínfulas de querer jugar que capacidades para hacerlo. (Nos acaban de empatar, tras fallar el 2-0).

Vamos, entre Rubenito Tabernero, Dani y yo no sacábamos uno, ni siquiera para dar patadas, porque hasta para eso éramos malos, siempre nos pillaba el árbitro -bueno, el Tabernero era tan crack que para rematar de cabeza se agachaba, cosas de la calidad individual-. Viendo el partido ayer, la envidia me asuelaba. Seguía imaginándome corriendo la banda, mordiendo el césped, adormitando el balón mientras me encaraba con el rival como diciéndole ven acá si te atreves… y siempre se atrevía, me la quitaba y me quedaba sentado, inundado de tristeza, como cuando se me caía el Colajet de 35 pesetas que había comprado donde los Gaitero, enfrente de la Boomerang, tras haberle dado apenas unas chupadas. En fin, tristeza existencial. (Faena gorda, en dos minutos han dado la vuelta al marcador. Perdemos 1-2).

Por eso, lo que yo suelo imaginar es algo que tiene muchas opciones de hacerse realidad. Y se hizo. Desde primeros de los ochenta, cuando siendo aún niño desnortaba mis días en las eras, con porterías de cantos, con resultados que, al final y en muchos casos, se solventaban a los puños, en la barriada o el frontón, pero siempre ganaba La Virgen. No podíamos pensar entonces que Roberto, el de Fresno, iba a llevarnos a la élite regional, que aquellos Dominicos, entonces pedregales, iban a tener césped. Que de donde robábamos cerezas a los curas iban a visitarnos equipos con pedigrí. Y que yo lo iba a ver, mejor dicho, seguir a 8000 kilómetros. (Descanso. Aún quedan 45 minutos pese a ir por debajo).

Amanecer cada día en aquella Virgen era entonces distinto. No había nada. Pero nada es nada. Y para nosotros era todo. Gastar las horas jugando a fútbol o volviendo a jugar, no había más (bueno, a veces,  nos pegábamos unas galletas para entrar en calor). Ni consolas, ni videojuegos, ni milongas tecnológicas cuando lo más cercano fue el descubrimiento de los cromos adhesivos de Panini del Mundial 86, o, unos años antes, los chicles boomer con cromos de jugadores. (Joder, acabamos de fallar dos remates de cabeza que nos hubieran dado el empate. Y llega la Arandina y, en una contra, marca el tercero. 1-3, muy mal lo tenemos).

Miro alrededor, en Dominicos, y me siento solo. Conozco a tantos aficionados en las gradas que me sobran 7 dedos de las manos. Está Cañizares, un mítico, y me cuenta mi hermano gemelo, mi “alter ego” de correrías, que la gente se pregunta quién es el personaje al que hacen el homenaje. Casi veinte ANOS me han vuelto desconocido. El hijo de Olegario, el picoleto, y de Carmina, la droguera, ese soy yo, ADN virginiano, de cuando éramos pueblo, muy pueblo, un pueblo con militares, curas dominicos y gitanos. Así nos conocían. Así crecí, desde finales de los setenta, tirando piedras a las niñas, robando cerezas a los curas, haciendo putadas en aquel ocio solidario de aburrimiento y jugando a fútbol, siempre a fútbol. Gracias por todo, gracias por tanto, gracias La Virgen del Camino, por hacerme lo que soy, por ayudarme a creerme que soy más de lo que soy, pero es que ser de La Virgen es ser la virgen. (Perdimos 1-5. A la contra nos mató la Arandina, pero ganamos porque ganar es ser de La Virgen).

Ángel García Álvarez, homenajeado por el CD La Virgen del Camino