Ángel
Ángel, un virginiana por el mundo

A 7425 kms de distancia todo tiene otra difícil digestión. Y cuando te imaginas a los tuyos empezando a saborear las morcillas y las avellanas, disfrutando de unas fiestas que no huelo desde hace más de quince años… pues salivas, pero no sabes si lo haces por esos alimentos o por la morriña que algunas veces te duele incluso cuando se asoma con su nudo a la garganta y se magnifica. Pero bueno, dejando a un lado lo sentimental, vuelvo con retraso con la tercera etapa, en el quicio de la puerta de mi memoria tras un inicio escolar en el que ya sumamos seis semanas. Había dejado sostenido en aquella memoria una tercera etapa cimentada de Utah a San Francisco, un oeste americano que se acerca, por las estampas fotográficas, a las películas en blanco y negro que veíamos en las sobremesas de entonces, una televisión sin policromía donde el más valiente, chulo y rápido en desenfundar era convertido en nuestro héroe. Con aquellos jichos de plástico donde el vaquero representaba los valores solidarios y el indio –aquí conocido como nativo americano- se sostenía entre el vandalismo y la anarquía en aquellas batallas donde el séptimo de caballería emergía triunfante al toque de corneta –casi como el que oíamos, siendo niños, que venía de Aviación cuando despertaban a la tropa-.

Ogden-Salt Lake City-Park City-Bonneville Speedway (Utah): Tras más de tres mil kilómetros de brea y gasolina, llegar a Utah fue una bendición –sobre todo para Darío y Claudia- en un estado con la religión por bandera donde subyace la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días – Later Days Saints- o lo que conocemos nosotros por mormones, esos personajes elegantes, vestidos de traje y con faldas ellas, que, siempre en pareja del mismo sexo, realizan misiones por el mundo para exponer su fe. Encontramos, entonces, en Ogden, a cuarenta minutos de la capital, nuestro descanso. Jon y Elena nos alquilaron su casa durante unos días con un plan preconcebido de ocio bastante asequible –el bolsillo seguía mermando a la velocidad de la luz-. Desde allí planteamos excursiones por el centro del estado sin demasiado desgaste para los críos; evitamos los grandes parques (espectaculares todos ellos) al ser nosotros más urbanitas que de bastón y caminata. Pero no dejamos de visitar Park City, lugar donde se celebraron los JJOO de Invierno de 2002, o la capital. Es Salt Lake City una ciudad de contrastes, de engaños tras el telón. Una urbe que gira alrededor de su religión y que se sostiene por su peso. Visitantes de todo el mundo se exponen a una evangelización por insistencia, esa esencia repetitiva de exponer sus virtudes –siempre de forma educada-… pero sorprende la cantidad de homeless por metro cuadrado escondidos de la plebe. Un par de calles detrás de un gran mall –centro comercial- y del estadio de los Utah Jazz de la NBA se agolpan vigilados por la policía, al lado de las estaciones de transporte público, millares de vagabundos que arrastran carros de supermercado con sus pertenencias. Sorprendía entonces una ciudad tan perfecta; limpia hasta extremos de lucidez, acogedora, sin vértices ni aristas sociales… Muy cerca de la capital está Antilope Island, un parque natural donde, además de bisontes y otros animales, se puede acceder al Gran Lago Salado y darse un baño, una experiencia más que recomendable. Flotar en sus aguas es algo único, un sentimiento irrepetible que, posiblemente, se encuentre entre los recuerdos más importantes de esta aventura. Sus dimensiones –casi un tercio de la provincia de León- le hacen invisible en su lejanía, casi limitando con el estado de Nevada, con unas salinas que, aunque ya no pertenecen propiamente al lago, hacen de los doscientos kilómetros, hasta la frontera estatal, una acumulación de tedio con un paisaje atroz, repetitivo, sin sustancia. Menos mal que, en el límite del estado, aparece el circuito de Bonneville Speedway, un lugar donde las marcas pruebas las velocidades de sus motores en pleno desierto y que, por desgracia, se hallaba inundado de agua salada por el deshielo –alrededor de medio metro- que impidió ver a alguno de ellos. Sorprendió que en nuestra vuelta un incendio en el Parque pusiera en alerta a todos los servicios del estado. Una de sus joyas ardía y trataban de poner a cubierto toda la fauna existente.

Reno-Virginia City-San Francisco (Utah-Nevada-California): Utah es conocido por ser el estado de las colmenas (Beehive State). Todas sus indicadores y señales de tráfico presentan el dibujo de una colmena –su equipo de béisbol es el Salt Lake Bees (abejas)- cuyo significado se ciñe al trabajo común, como las abejas cuando hacen un panal, con sus funciones definidas, sin salirse de la pauta, con un trabajo duro y funcional. Así, atisbando panales por las autopistas continuamos nuestro camino hasta alcanzar la frontera del estado de Nevada, un lugar con raíces españolas como su nombre señala que fue llamado así por las cimas montañosas que, en pleno junio, aún mantenían nieve. Nevada es un estado cuanto menos curioso y, cuanto más, con un poso de tristeza asociado al vicio y al juego tremendo. Fue el primer estado que legalizó la prostitución, allá por los 70, siempre que no se ejerciera en la calle. El juego es otro signo de identidad en un lugar donde Las Vegas, sin ser la capital estatal, magnifica el monopolio de los casinos como fuente de riqueza. Pero, a pequeña escala, Nevada, presenta multitud de minicasinos, casi en cada pueblo, separados entre sí, por mucha distancia que se percibe por la contaminación lumínica entre tanto neón, lo que deja un aspecto tétrico y paupérrimo a nivel emocional con personajes que acumulan horas sentados enfrente de tragaperras con una tristeza existencial alarmante. Cualquier restaurante de carretera es un casino en potencia lo que muestra un movimiento de dinero y una pobreza emocional tremenda. Comer una hamburguesa y visitar el baño te obliga a atravesar metros de pasillos entre máquinas, melodías y tintineo de monedas. Si hoy pudiera prescindir de un lugar conocido hasta la fecha, lo haría sin dudar de Nevada. Eso sí, descubrimos a pocos kilómetros de Reno, donde pernoctamos, un pequeño refugio minero, poblado entonces, Virginia City, convertido ahora en un lugar de visita donde se recrea lo que fue la vida minera de hace casi siglo medio. La siguiente etapa nos llevaba ya a San Francisco, uno de nuestros principales objetivos ya desde España. San Francisco impone. Es descomunal la cantidad de información que te llega cuando amaneces en el lugar. Enfrente de la Bahía, en Oakland, encontramos aposento con Airbnb. Entonces el barrio vibraba con la posibilidad de los Warriors –Golden State- ganaran su segundo anillo en plena vorágine de las finales de la NBA. Cruzar el puente cada mañana hasta San Francisco es una labor tan ardua como emocionante. Imaginarnos lo que íbamos a visitar nos permitía soñar despiertos y no darle vueltas a unas horas que tardaban en circular. Pero comer pescado en El Embarcadero, subir al tranvía, visitar y caminar por aquellas aceras donde imaginaba persecuciones policiales con Michael Douglas y Karl Malden o a Steve McQueen en “Bullit”… o ir a la Isla de Alcatraz… todo tan cinematográfico como real. Alcatraz sorprende. No puedo explicar lo que supone estar allí cuando has visto a Clint Eastwood, en el cine, intentar fugarse de allí, cuando te cuentan historias de lo que ha sucedido en la prisión entonces o cuartel militar antes, con agua y corrientes alrededor y miedo ante los tiburones que dicen que hay por los alrededores –realmente contaron que no atacaban a los humanos-, con unas celdas diminutas… en fin… te vas y acabas entre las secuoyas del Parque Nacional de Muir atravesando el Golden Gate… espectacular. Quizás tres días no te den espacio en su tiempo para empaparte de una ciudad muy europea en su rutina y tan distante de la América interior que sólo conocíamos. Pero nuestro plan exigía regresar a nuestra base de Ogden, en Utah, para seguir exprimiendo tiempo al reloj cuando habíamos cruzado ya el ecuador del viaje.